La crisis del capitalismo

La crisis del capitalismo actual

El futuro del capitalismo está unido al futuro de la democracia y las instituciones. El capitalismo está en crisis y la democracia moderna también. Ambos están unidos y la caída de uno será la del otro.

La acción política está tan pegada al suelo que le es difícil levantar la cabeza y ver más allá de lo que marca la agenda diaria. Para un político, treinta días es ya largo plazo. Tan es así que ninguno de los responsables políticos actuales será capaz de expresar su visión para los próximos cinco años. Lo que impide que se tomen decisiones de carácter estratégico. Toda la acción política, y por tanto la económica que se deriva de ella, se reduce a ir tirando sin sentar las bases que permitan un cambio de modelo en profundidad.

Este preámbulo viene a cuento de la situación económica y política de Europa y por ende del mundo occidental. Ya que es preciso darse cuenta de que el modelo capitalista actual no funciona, como tampoco lo hacen las instituciones que lo sostienen. Un hecho que de manera contundente expuso no hace muchos días el actual director de la London School of Economics, Craig Calhoun, en la Fundación Areces en Madrid. Según Calhoun, la crisis económica actual ha puesto de manifiesto las limitaciones del capitalismo actual. Primero, la esencia de su modelo, que se basa en la asunción del riesgo. Cuando un empresario emprende un negocio ha de sortear los riesgos para hacerlo viable. De ahí vendrá su beneficio. Una vez que el negocio esté en marcha y sea rentable, la gestión de los riesgos será lo que le proporcione resultados económicos.

El segundo aspecto viene de la mano de la libre circulación de los trabajadores. Es decir, que tanto empresarios como asalariados dispongan de los mecanismos adecuados para terminar su relación contractual lo más fácilmente posible. Demasiadas cortapisas por uno u otro lado dificultarán el desarrollo adecuado de la actividad económica.

Tercero, la facilidad para la circulación de los beneficios empresariales. Ya se entiende que sin beneficios no será posible mantener la actividad empresarial; como tampoco será viable un negocio si los beneficios no se reinvierten o se dedican al gasto superfluo o al excesivo ahorro. La base de la empresa capitalista es reinventarse a sí misma, lo que precisa de nuevas inversiones.

Y cuarto, la base de todo el sistema es la comprensión del entorno a fin de tomar decisiones a medio y largo plazo. Esto es lo que permite las interrelaciones comerciales, la apertura de nuevos mercados, así como la producción de bienes y servicios. Todo ello soportado por un sistema financiero que sirva a este propósito. Sin embargo, cuando se ve la situación actual, y

se comprueba que, desde 2009, los crecimientos económicos son tímidos o negativos, como es el caso de la Eurozona, hay que concluir que la crisis es más profunda de lo que aparenta. Se trata de una crisis del sistema capitalista en su conjunto, lo que va mucho más allá de algo coyuntural como se quiere presentar a veces. Y una crisis del sistema encierra una profunda crisis institucional y política, además de la económica superficial.

Distorsión capitalista

No se puede decir, obviamente, que no se hayan producido grandes avances en los últimos cuarenta años -como también apuntaba Calhoun-, sino que un modelo que comporta un excesivo peso de lo financiero respecto de la economía real, produce unas distorsiones tales que los instrumentos actuales no son capaces de equilibrar. Y es que la excesiva financiarización de la economía capitalista está ahogando a la economía real, con el contrasentido de que haya que acudir a la política fiscal como medio para salvar el sistema financiero sin resolver los problemas que este causa. Un sistema falto de la necesaria transparencia y con los reguladores siempre a la zaga de sus nuevos avances.

Las crisis políticas que se viven hoy son las crisis del capitalismo actual, cuyos efectos se perciben ya en lo social. Apareciendo en el horizonte la posibilidad de unas democracias que serán lideradas por débiles Gobiernos de coalición, en cohabitaciones extrañas, sin ideas para sacar adelante los problemas de unas sociedades que vivieron el nirvana de la riqueza sin fin, a la vez que se abre la brecha entre los que más tienen y los que menos poseen, en una paulatina destrucción de las clases medias. Todo lo anterior no quiere decir que haya que volver a las economías planificadas de corte marxista o similar. Aquellas ya prometieron riqueza para todos y sus resultados son bien conocidos.

Lo que es urgente, sin embargo, es abordar el cambio de las estructuras institucionales actuales, ya que la acción del Estado en las democracias modernas ha ido ocupando lugares propios de la iniciativa privada. El futuro del capitalismo está unido al futuro de la democracia, lo que precisa unas instituciones más democráticas, a la vez que el espacio político se circunscriba a las funciones que le son propias. La elefantiasis política actual que todo lo ocupa, cuyo mantenimiento económico se hace ya inasumible, acabará con el sistema que dice defender si no se acometen las imprescindibles reformas dentro de su propio seno. De otra manera se verá dentro de no mucho el resurgir de sistemas más autoritarios o complejas coaliciones que agravarán aún más los problemas.La crisis del capitalismo

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