Israel, oportunidad para España

Reproducimos aquí el artículo aparecido en el diario El Economista ayer 28 de junio por Eduardo Olier, presidente del Instituto Choiseul España.

Se extiende en bastantes ambientes económicos la sensación de que algo está cambiando a mejor. Quizás, aparte de algún que otro hecho objetivamente positivo, no haya mucho de qué alegrarse todavía, pero la realidad es que comienza a circular un cierto halo de optimismo. Y si esta situación fuera a más, al final, los mercados acabarán reaccionando positivamente. Un hecho ya comprobado por el financiero George Soros cuando aseguraba que: «No sólo los jugadores de los mercados se comportan con prejuicios, sino que sus prejuicios pueden influir en el curso de los acontecimientos». Era aquello que Soros denominaba reflectividad de los mercados. Y en esta situación es cuando aparecen las oportunidades que, bien aprovechadas, pueden acabar creando un círculo virtuoso que devuelva a la economía el impulso que necesita para salir del letargo actual.

Y al hablar de oportunidades surgen de inmediato aquellas en las que España tiene palancas diferenciales con las que responder en los mercados internacionales. Ya que mucho de la salida de esta larguísima crisis tendrá que ver con la actividad de nuestras empresas en el exterior. Especialmente, las grandes empresas que pueden llevar consigo otras menores, facilitando así una creación de riqueza generalizada.

En este sentido surge de inmediato el potencial que dispone España en infraestructuras de alta velocidad. Y, en consecuencia, aquellos mercados en los que se pueden generar sinergias diferenciales con otros socios. Siendo este el caso de Israel. Un pequeño país en una compleja encrucijada geográfica, cuya capacidad emprendedora y tecnológica es un ejemplo de superación y liderazgo. Con unas sesenta empresas cotizando en el Nasdaq, y dedicando alrededor del 4,5 por ciento de su PIB en inversiones no militares de I+D, Israel es uno de los líderes mundiales en tecnología, con un modelo empresarial que podría aportar mucho a nuestra nueva economía de emprendedores.

Pero volviendo al comentario anterior, Israel podría ser igualmente un exclusivo socio en el desarrollo de un relevante proyecto de alta velocidad con importante presencia española. Una interesante posibilidad para nuestra industria, dado que el Gobierno israelí aprobó en febrero de 2012 la construcción de una línea férrea entre el puerto de Eilat (en el Golfo de Akaba) y Tel Aviv, con paradas en la principal ciudad del desierto de Néguev (Beersheva) y el mayor puerto de Israel (Ashdod). Un ambicioso proyecto entre el extremo meridional del país y su centro financiero, al que se añade una línea férrea paralela para transporte de mercancías. Una apuesta estratégica de largo plazo que podría dotar de una capacidad superior al tráfico mundial de mercancías, dando mayor potencial al eje que enlaza el Mar Rojo con el Mediterráneo, y cambiando, de alguna manera, las reglas actuales del tráfico marítimo global.Sinai Peninsula

Actualmente, el enlace marítimo entre Asia y Europa se realiza fundamentalmente a través del Canal de Suez. Un eje de transporte con evidentes limitaciones técnicas; ya que, aparte de los problemas de atascos actuales, y de los elevados precios, tiene la limitación de no ser adecuado para los enormes buques contenedores actuales. Todo ello sin contar la inestabilidades políticas de hoy en día. Un proyecto que, de llevarse a cabo, beneficiaría a Europa en su conjunto y también a Jordania, por la proximidad entre Eilat y la ciudad jordana de Akaba. Un país, además, con el que Israel mantiene unas fructíferas relaciones.

Un interesante proyecto que cambiaría las reglas de la globalización económica. De ahí que China, entendiendo la importancia que tiene la iniciativa, firmara un acuerdo con Israel en julio de 2012. A lo que se sumó España con la visita de la ministra Ana Pastor al país hebreo en diciembre pasado, y la firma de un acuerdo de cooperación, como respuesta a la visita que realizó el ministro israelita Katz a España en mayo de 2012. Un acuerdo que acaba de avalar el propio Gobierno de Israel este 12 de junio.

Para España, participar como socio preferencial en un consorcio que aborde un proyecto de tal envergadura es una oportunidad económica única; que añadiría la importancia geoeconómica de posicionar a nuestro país como un elemento esencial en un eje clave del comercio mundial. A lo que se podría sumar, la ocasión de situar a los puertos españoles del Mediterráneo como puerta de paso de este nuevo eje de transporte y del importante comercio que se generaría dentro de él. Incluyendo, la opción de una nueva plataforma de servicios que acompañaría, además, a este nuevo “ferrocarril marítimo” que uniría el mar Rojo con el Mediterráneo oriental y la ribera occidental de nuestras costas.

Un proyecto de este tipo presenta una ocasión única que no debería dejarse pasar. España precisa no sólo de ajustes económicos, sino también de grandes proyectos de inversión que la sitúen de nuevo en la escena internacional como uno de los jugadores indispensables. Un gran proyecto de infraestructuras como el que acabamos de comentar, unido a las posibilidad de ahondar las relaciones tecnológicas y comerciales con Israel, puede ser, sin ninguna duda, una de las oportunidades que necesita nuestra maltrecha economía.

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Demografía y pensiones

Hace una semana, y a consecuencia de un debate sobre este tema, publiqué en el diario El Economista este artículo sobre el problema de sostener el modelo actual de prestaciones de pensiones en España. El problema es fundamentalmente demográfico. Y de ahí nace el problema económico. El modelo deberá sin ninguna duda cambiar.

La cuestión demográfica y las pensiones.- En abril de 2011 el Gobierno anterior remitía al Congreso de los Diputados un Anteproyecto de Ley sobre Actualización, Adecuación y Modernización del Sistema de Seguridad Social. Este esquema contemplaba una serie de importantes cambios: retraso de la edad de jubilación de los 65 a los 67 años; aumento de 35 a 37 años del período de cotización para alcanzar el cien por cien de la pensión; jubilación a los 65 años para aquellas personas que hubieran cotizado 38,5 años; aumento del período de cómputo de la base reguladora de 15 a 25 años; jubilación anticipada voluntaria para los que hubieran cotizado durante 33 años, estableciendo una penalización del 7,5 por ciento anual para los que lo hubieran hecho en un menor tiempo (si bien se aceptaba el retiro a los 61 años en caso de crisis empresariales); mayores dificultades en caso de jubilaciones parciales; extensión de los períodos para contratos en prácticas y por cuidado de los hijos (nueve meses por hijo hasta un máximo de dos años); y, finalmente, ciertos incentivos para trabajar después de los 67 años.

Han pasado poco más de dos años y todo lo anterior ha quedado obsoleto, al menos en parte. El actual Gobierno ha necesitado nombrar un grupo de “sabios”  para ver qué hay que hacer con las pensiones. El sistema actual no aguanta.

Se podrá argumentar que la crisis económica ha cambiado el escenario. Sin embargo, la clave se encuentra en el problema demográfico: se trata de un acelerado proceso de envejecimiento de la población, que viene motivado en lo fundamental por la caída de la fertilidad y por el crecimiento de la esperanza de vida.

Tomemos el primer factor. En 1970, en España, nacían 2,9 hijos por mujer en edad fértil. Un número enorme, pensando que la tasa de repoblación es de 2,1 hijos por mujer. Cifra que cuarenta años después, en 2010, se había reducido a 1,5, muy lejos del nivel de remplazo poblacional.

A lo anterior, se suma el segundo componente: el crecimiento de la esperanza de vida. Si en 1919, cuando se estableció la edad de jubilación a los 65 años, la esperanza de vida al nacer era de 41 años, hoy está por encima de los 81 años. Con la circunstancia de que actualmente el 90 por ciento de los españoles llegan a la edad de jubilación, mientras que en aquella lejana fecha no lo alcanzaban ni el 35 por ciento de la población. Con la circunstancia de que la esperanza de vida a partir de los 65 años es hoy de casi veinte años. A lo que hay que añadir el hecho de que, si en 1970 había unas 4,2 personas en la población activa por pensionista, en 2010 eran unos 2,8 y se espera que en 2050 no lleguen a 1,5. Año en que la esperanza de vida de los hombres habrá llegado a los 84 años, y las mujeres a los 90, año arriba, año abajo. Cifras que hacen imposible mantener el sistema de prestaciones actual.

Lo anterior desde luego no tiene en cuenta el fenómeno de la inmigración, que podría solventar o, al menos, mitigar el problema. En este sentido, el Instituto Nacional de Estadística aportó hace tiempo unos datos según los cuales el flujo de emigrantes en el período 2009-2019 sería de 3,8 millones: un millón menos que los que aparecieron en el tramo 2002-2008. Una cantidad que, si se descuenta el flujo de emigrantes españoles que salen fuera a buscar trabajo, podría quedar en un saldo del orden de 2,6 millones de inmigrantes netos en los próximos 35 años. Cifra, quizás optimista, que no acaba de paliar el problema. Particularmente porque el peso de las pensiones con respecto al PIB podría moverse en torno al 12-15 por ciento, gravando las cuentas públicas de una manera insostenible. De ahí que el Gobierno actual se haya puesto enfrente de un problema de difícill, pero de imprescindible solución; ya que el sistema, se quiera ver o no, es insostenible.

El sistema de reparto, pay as you go, basado en un acuerdo intergeneracional por el cual los que hoy trabajan sostienen a los pensionistas actuales, es difícil de mantener, ya que no deja de ser una transferencia de fondos entre los trabajadores actuales y los que viven en situación de retiro, independientemente del nivel de riqueza de unos y otros. Lógicamente, un sistema de capitalización total, según el cual cada trabajador ahorrara de forma voluntaria parte de sus ingresos para hacer frente a su pensión en el futuro, marginaría a las clases más desfavorecidas. Cosa que no resultaría justo. De ahí que el planteamiento futuro no tenga más remedio que considerar un esquema basado en tres pilares: una red básica que garantice una pensión mínima de carácter asistencial a aquellas personas que  no logren una pensión mínima; un segundo pilar, igualmente obligatorio, de capitalización de cada trabajador que le garantice unos ingresos por encima del mínimo anterior; y un tercer pilar, también de capitalización, pero de carácter voluntario, que canalice el ahorro de los trabajadores hacia sus necesidades futuras una vez acabada la vida laboral. La clave del éxito estará, sin embargo, en la fiscalidad de estos sistemas. Una fiscalidad excesiva se volverá en contra de cualquier solución.

La cuestión demográfica y las pensiones

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¿Se ve la luz de salida del túnel?

Desde 2008 el mundo ha vivido -y vive- convulsiones financieras de todo tipo. En 2009 el PIB mundial consolidado fue negativo por primera vez desde que se tienen datos solventes. La contracción fue debida a que en 127 países  decreció la economía ese año más de 4 billones de dólares: un 12% debido al Reino Unido, 11% a Rusia y 8% a Alemania. Es verdad que otros como China, Japón o Indonesia, crecieron pero eso no fue capaz de evitar la recesión mundial. La zona verde no fue suficiente para compensar las caídas de las zonas marrones. La figura indica la situación del PIB por países en 2009.

Global GDP 2009

Al año siguiente, en 2010, saltó lo que se dio en llamar la Primavera Árabe. El detonante fue la Revolución Tunecina, y parecía que el mundo entraba en una nueva senda de conflictos que afectarían globalmente al mundo árabe. Hoy, salvo revolución en Egipto, la guerra en Siria -comenzada en 2011-, y las revueltas en Turquía o el problema de Mali con la intervención francesa en la zona este año, la región parece que ha evitado un conflicto global de grandes proporciones en un área de múltiples intereses energéticos y económicos.

El problema de los mercados en la zona euro y los problemas con la deuda de muchos países llevaron también a fuertes convulsiones económicas. Las primas de riesgo estaban disparadas y los rescates se sucedieron desde 2009. Los déficit de las cuentas públicas europeas en 2009 presentaban una mapa lleno de problemas.

Deficit Europe 2009

En la zona asiática, China se ha convertido en la economía más próspera del planeta. Siempre en términos de PIB. Porque sorprendentemente, China es un país pobre, con enormes diferencias entre unas zonas y otras y con, a lo que hay que añadir los fuertes desajustes que vienen de la degradación de su medio ambiente o de la falta de agua en algunas zonas por indicar algunos problemas.

Con todo esto y tras 4 años de problemas parece que se ven ciertas perspectivas positivas en el horizonte. Estados Unidos está en una senda de crecimiento, y Europa, aún en recesión en 2013, parece que ve la salida del túnel. China se supone que irá estabilizando sus desajustes y Oriente Medio no parece presentar grandes problemas.

Sin embargo, esta aparente normalidad, no deja de presentar serios problemas en el futuro. Uno de los reconocidos expertos, Mohamed El-Erian, presidente del gigante financiero Pimco, avisa de una etapa de gran volatilidad en los mercados. Otros como Nouriel Roubini, hablan de ilusiones peligrosas, alertando sobre esta etapa de volatilidad que se inicia.

Todo apunta a que el mundo entra en zona desconocida hasta ahora. La recuperación que parece a la vista se presenta distinta de las que se conocieron en el pasado.

Y en el caso de España, basta ver la Nota de Prensa del Instituto Nacional de Estadística sobre la situación en el primer trimestre de 2013. La evolución del PIB no deja de presentar una gran debilidad, aunque a final de 2013 o en el primer trimestre de 2014 se pudiera invertir algo la tendencia. PIB España 2013

La demanda interna sigue una curva descendente. Y si que este capítulo se recupere, la salida de los problemas será muy difícil.Demanda España 2013

Todo apunta a que la luz a la salida del túnel será muy tenue.

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La curva de Laffer

La curva de Laffer: la relación entre impuestos e ingresos del Estado

(Diario El Economista – 31/05/2013)

Decía Keynes que aumentar los impuestos para incrementar la recaudación del Estado es similar al comerciante que, ante la pérdida de ventas, decide subir los precios de los productos. Con el efecto de que el Estado, al igual que el comerciante, constatará que las cuentas al final no se equilibran. Siendo dramático el caso del Estado que decida seguir esta política, ya que comprobará la paradoja de que una gran parte de los costes asociados a las prestaciones por desempleo vendrán, en parte, de aquellos que todavía trabajan, con lo que el resultado será aún más negativo.Curva de LafferMás modernamente, siguiendo el mismo principio, Arthur Laffer, en su día miembro del Consejo Asesor de Política Económica del presidente Ronald Reagan, desarrolló en 1980 su famosa curva, que representa la relación entre el nivel de los impuestos y los ingresos del Estado. Según su criterio, si los tipos impositivos son cero, los ingresos fiscales también lo serán; al igual que si los tipos alcanzan el 100%. A medida que los tipos se vayan separando de su punto máximo (100%), los ingresos irán aumentando hasta un punto en el que, con tipos menores, se producirá el camino inverso: los ingresos fiscales se irán reduciendo hasta llegar a cero.

La clave es que con el aumento de los tipos impositivos se llegará a un punto en que los ingresos por vía fiscal disminuirán. Es lo que se define en la gráfica como zona prohibida; a partir de la cual existe un punto en que los ingresos son máximos, pero siempre alejados de una mayor carga fiscal. La evidencias que Laffer demostró en su día se basaban en experiencias ya conocidas en el pasado. Bien es verdad, que el problema siempre será encontrar ese punto ideal en que se maximizan los ingresos fiscales manteniendo unos impuestos razonables. Sin embargo, la realidad demuestra que la sola política de aumentar los impuestos, sin contrapartidas, conduce inevitablemente a una menor recaudación. Cosa muy acusada en períodos de recesión económica.

Hace unos días un diario español realizaba una entrevista a Arthur Laffer. Entre las consideraciones que el economista ofrecía en la entrevista había respuestas tales como: “En 1981, cuando yo trabajaba con el presidente Reagan, aprobamos una ley que bajaba los impuestos de forma inmediata, pero aplazaba el recorte del gasto dos años, a 1983. Así, la gente acelera su consumo e inversión y, cuando recortas el gasto, la economía ya está creciendo y recaudas más”.

Respecto del problema de los impuestos, Laffer fue muy tajante en este sentido: “Lo peor es que el IRPF es muy progresivo. El problema de España no es de presión fiscal; es de presión fiscal mal repartida sobre las rentas más altas y las del trabajo. Sus impuestos dañan a los creadores de riqueza y a los trabajadores que reciben una nómina. Castigan al trabajador y da incentivos al defraudador, tanto cuando no paga impuestos como cuando recibe ayudas públicas. Si la gente cree que el sistema fiscal no es justo, trata de evadir impuestos. Eso pasa en España y pasa en Estados Unidos”.

Finalmente, al comentar la política de austeridad actual, Laffer fue muy concreto, apuntando algo en lo que mucha gente solvente está de acuerdo: “Cuando hablan de austeridad hablan de déficit. Yo hablo de reducir el peso del Estado en la economía. El gasto público no es estímulo ni austeridad. Es un concepto idiota. Mire Alemania: tiene tipos de interés de su deuda negativos y aún así apenas está creciendo. O el Reino Unido: David Cameron subió el IRPF a las rentas más altas y la economía se hundió en otra recesión”.

La entrevista no tiene desperdicio: habla del sistema judicial español calificándolo de caprichoso e ideologizado; considera que el multiplicador keynesiano, según el cual el gasto público genera actividad económica, lleva a incrementar el nivel de deuda, a lo que añade además: “Y al final hay que pagar esa deuda. ¿Cómo? Con impuestos. No puedes crear prosperidad a base de impuestos”.

Se podrá estar o no de acuerdo con este reconocido economista, pero de lo que no hay duda es que no sólo existe una política económica como ahora se defiende. La economía no se comporta como un automóvil. Este se arranca y se conduce de manera predecible. La economía es una ciencia social y por tanto es interpretable. La política actual, aunque ha reducido el déficit dejado por el Gobierno socialista anterior, está estancada, genera desempleo y su recuperación será muy lenta.

España está pseudo-intervenida; y los interventores europeos no hacen sino apretar la tuerca de la vía impositiva. Ahora se propone incrementar los impuestos especiales. Luego vendrán otros. Sin embargo, Hacienda recauda menos, y sin políticas de incentivación económica la sola austeridad llevará al país por una senda renqueante. Quizás todo esto tiene que ver con la apreciación de Laffer: “El capitalismo es algo que no encaja a los españoles, donde la actividad empresarial ha estado siempre muy vinculada al Estado por concesiones, monopolios, empresas públicas, y bancos que son vistos como entidades intocables”. Son, desde luego, consideraciones para reflexionar.El Economista-La Curva de Laffer

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La crisis del capitalismo

La crisis del capitalismo actual

El futuro del capitalismo está unido al futuro de la democracia y las instituciones. El capitalismo está en crisis y la democracia moderna también. Ambos están unidos y la caída de uno será la del otro.

La acción política está tan pegada al suelo que le es difícil levantar la cabeza y ver más allá de lo que marca la agenda diaria. Para un político, treinta días es ya largo plazo. Tan es así que ninguno de los responsables políticos actuales será capaz de expresar su visión para los próximos cinco años. Lo que impide que se tomen decisiones de carácter estratégico. Toda la acción política, y por tanto la económica que se deriva de ella, se reduce a ir tirando sin sentar las bases que permitan un cambio de modelo en profundidad.

Este preámbulo viene a cuento de la situación económica y política de Europa y por ende del mundo occidental. Ya que es preciso darse cuenta de que el modelo capitalista actual no funciona, como tampoco lo hacen las instituciones que lo sostienen. Un hecho que de manera contundente expuso no hace muchos días el actual director de la London School of Economics, Craig Calhoun, en la Fundación Areces en Madrid. Según Calhoun, la crisis económica actual ha puesto de manifiesto las limitaciones del capitalismo actual. Primero, la esencia de su modelo, que se basa en la asunción del riesgo. Cuando un empresario emprende un negocio ha de sortear los riesgos para hacerlo viable. De ahí vendrá su beneficio. Una vez que el negocio esté en marcha y sea rentable, la gestión de los riesgos será lo que le proporcione resultados económicos.

El segundo aspecto viene de la mano de la libre circulación de los trabajadores. Es decir, que tanto empresarios como asalariados dispongan de los mecanismos adecuados para terminar su relación contractual lo más fácilmente posible. Demasiadas cortapisas por uno u otro lado dificultarán el desarrollo adecuado de la actividad económica.

Tercero, la facilidad para la circulación de los beneficios empresariales. Ya se entiende que sin beneficios no será posible mantener la actividad empresarial; como tampoco será viable un negocio si los beneficios no se reinvierten o se dedican al gasto superfluo o al excesivo ahorro. La base de la empresa capitalista es reinventarse a sí misma, lo que precisa de nuevas inversiones.

Y cuarto, la base de todo el sistema es la comprensión del entorno a fin de tomar decisiones a medio y largo plazo. Esto es lo que permite las interrelaciones comerciales, la apertura de nuevos mercados, así como la producción de bienes y servicios. Todo ello soportado por un sistema financiero que sirva a este propósito. Sin embargo, cuando se ve la situación actual, y

se comprueba que, desde 2009, los crecimientos económicos son tímidos o negativos, como es el caso de la Eurozona, hay que concluir que la crisis es más profunda de lo que aparenta. Se trata de una crisis del sistema capitalista en su conjunto, lo que va mucho más allá de algo coyuntural como se quiere presentar a veces. Y una crisis del sistema encierra una profunda crisis institucional y política, además de la económica superficial.

Distorsión capitalista

No se puede decir, obviamente, que no se hayan producido grandes avances en los últimos cuarenta años -como también apuntaba Calhoun-, sino que un modelo que comporta un excesivo peso de lo financiero respecto de la economía real, produce unas distorsiones tales que los instrumentos actuales no son capaces de equilibrar. Y es que la excesiva financiarización de la economía capitalista está ahogando a la economía real, con el contrasentido de que haya que acudir a la política fiscal como medio para salvar el sistema financiero sin resolver los problemas que este causa. Un sistema falto de la necesaria transparencia y con los reguladores siempre a la zaga de sus nuevos avances.

Las crisis políticas que se viven hoy son las crisis del capitalismo actual, cuyos efectos se perciben ya en lo social. Apareciendo en el horizonte la posibilidad de unas democracias que serán lideradas por débiles Gobiernos de coalición, en cohabitaciones extrañas, sin ideas para sacar adelante los problemas de unas sociedades que vivieron el nirvana de la riqueza sin fin, a la vez que se abre la brecha entre los que más tienen y los que menos poseen, en una paulatina destrucción de las clases medias. Todo lo anterior no quiere decir que haya que volver a las economías planificadas de corte marxista o similar. Aquellas ya prometieron riqueza para todos y sus resultados son bien conocidos.

Lo que es urgente, sin embargo, es abordar el cambio de las estructuras institucionales actuales, ya que la acción del Estado en las democracias modernas ha ido ocupando lugares propios de la iniciativa privada. El futuro del capitalismo está unido al futuro de la democracia, lo que precisa unas instituciones más democráticas, a la vez que el espacio político se circunscriba a las funciones que le son propias. La elefantiasis política actual que todo lo ocupa, cuyo mantenimiento económico se hace ya inasumible, acabará con el sistema que dice defender si no se acometen las imprescindibles reformas dentro de su propio seno. De otra manera se verá dentro de no mucho el resurgir de sistemas más autoritarios o complejas coaliciones que agravarán aún más los problemas.La crisis del capitalismo

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Codicia financiera: cómo los abusos financieros han destrozado la economía real

El libro a que hicimos referencia en días pasados ya está en el circuito comercial. Recordamos la portado y ponemos el índice de materias. Iremos dando noticias al respecto. Se pueden seguir comentarios en Pearson o en Ideas que inspiran, o en twitter: #codiciafinanciera.

Codicia Financiera portadaContenido Codicia Financiera

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MRB y las lecciones del crac del 29

Reproducimos aquí el artículo aparecido en El Economista el 7 de mayo de 2013.

MRB Y LAS LECCIONES DEL CRAC DEL 29

En un interesante artículo aparecido en 2010 en el Wall Street Journal, dos economistas, Thomas Cooley y Lee Ohanian, escribieron un sugestivo análisis sobre las causas del enorme desempleo de los años que siguieron a la Gran Depresión en Estados Unidos. El artículo en cuestión tenía el título: FDR and the Lessons of the Depression, haciendo alusión a las siglas de Franklin Delano Roosevelt, presidente en aquellos años.

Los autores entraban en la discusión que se mantenía en Estados Unidos respecto de las políticas a seguir para frenar la caída del empleo y la recesión: incrementar el gasto público, o usar la política fiscal como arma esencial. Un debate en el que entraron otros relevantes economistas, por ejemplo: Krugman, Arrow, Sharpe, Klein, Solow y Modigliani.

Lógicamente, el crac del 29 queda muy lejos, y muchos argumentarán que lo que entonces era válido hoy no lo es, y viceversa. Sin embargo, hay cosas que se mantienen constantes, y una de ellas es el efecto que tiene la política fiscal en la economía. A este respecto, el planteamiento de Cooley y Ohanian no deja lugar a dudas: el aumento de impuestos, y, en especial, aquellos que afectan al capital, unido a un mayor poder de los sindicatos fue lo que condujo a la fuerte recesión de 1937 y de los siguientes años. Los datos aportados por estos autores son tan abrumadores que es difícil obviar sus conclusiones: el incremento de los costes empresariales mediante el aumento de impuestos y un mayor poder sindical en contra de la libertad de mercado es un error que al final penaliza a los que se quiere ayudar; es decir, a los trabajadores que han perdido su trabajo durante la recesión.

Y es que aumentar los impuestos tiene un efecto directo sobre la actividad económica, ya que modifica casi automáticamente el comportamiento de individuos y empresas respecto de su capacidad de invertir, consumir, ahorrar y producir. Esencialmente, porque limita los incentivos en la acumulación de capital y, en consecuencia, frena la actividad económica. Lo que se traduce en menores ingresos para el Estado, contracción del crédito a empresas y familias y, en definitiva, menor crecimiento económico. Túnel de compleja salida al que siempre se suma la expansión de la deuda pública.

Se dirá que hoy el único mecanismo que existe en la lucha contra el déficit viene de la política fiscal, y que en el momento en que se pueda volverán las aguas a su cauce. Un aserto que, en política, nunca se cumple: nada hay tan permanente como los impuestos que se establecen con carácter temporal. Sin embargo, los efectos de esta política impositiva son evidentes: casi nadie piensa que con este único mecan

ismo se vaya a dar una recuperación en el corto plazo. Tanto es así, que las propias previsiones del Gobierno se han ido a 2019 para tener un crecimiento por encima del 3 por ciento y un paro rozando el 15 por ciento. Y para entonces, ¡quien sabe!, ninguno de los actuales dirigentes estará en su puesto para comprobarlo. El largo plazo se construye en el presente, y hoy no parece que el camino escogido sea el mejor.

Otra política es desde luego posible. Aquella que complemente las medidas de contención con crecimiento, sin centrarse únicamente en las fiscalidad, cuyos negativos efectos son bien conocidos. Y ¿cuáles son esas? Daremos algunas. La primera, volviendo al artículo con el que iniciamos el nuestro, tiene que ver con el mercado de trabajo. Cooley y Ohanian hablaban del poder de los sindicatos, si bien nosotros apuntamos al mercado de trabajo en general, pues ambas cosas tienen fuertes puntos en común. La reforma laboral actual marcha a duras penas, lo que precisa de un impulso adicional. Sin un mercado de trabajo ágil será imposible movilizar el empleo. Segundo: luchar decididamente contra la evasión fiscal. Como hemos dicho, aumentar las cargas fiscales, unido a la recesión, incrementa la economía sumergida en todas direcciones. Tercero: la inaplazable necesidad de reformar la Administración del Estado. Ya lo decía Adam Smith: más Estado es siempre más pobreza. Hay que dejar más espacio a la sociedad y, por supuesto, reducir el tamaño del Estado, incluyendo fundaciones y empresas públicas, amén de su propia estructura actual. Cuarto: una política industrial que impulse la actividad de las pymes y promueva las inversiones en I D i. En lo que a política industrial se refiere España sigue estancada: es prioritario complementar políticas de austeridad con crecimiento, lo que precisa de investigación y desarrollo y un impulso a la actividad industrial.

Quinto: Reducir la fiscalidad sin aumentar el endeudamiento. Algo que aquí, en España, se hace al revés: más impuestos, lo que se traduce en más deuda. Y, sexto, acercar la educación profesional y universitaria a la empresa. Sin esto los jóvenes seguirán sufriendo su penosa entrada en el mercado de trabajo.

¿Es esto posible? Lo es siempre que se actúe en varias direcciones simultáneamente. Sólo con la política fiscal se tardará años en salir del túnel. Basta cambiar las siglas del título del artículo de Cooley y Ohanian para ver que sus ideas son aplicables a nuestra situación actual.MRB y las lecciones del crac del 29

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La importancia económica de los submarinos y el caso del S80

El mercado global de submarinos, según The Global Submarine Market 2013-2023, se estima que puede llegar en 2023 a los 21.700 millones de dólares. Es cierto que este mercado se redujo drásticamente en Europa después del final de la Guerra Fría, aunque en la actualidad, tanto las economías en fuerte desarrollo del sudeste asiático, como los países BRIC están inmersos en fuertes programas de adquisición de este tipo de buques. Unas armas de gran capacidad disuasoria que son claves sobre todo en zonas fronterizas, como pueden ser las fronteras marítimas de las dos Koreas, India y Paquistán o Turquía y Grecia.

Este año de 2013 se estima que el mercado global ascienda a los 14.400 millones de dólares con unas tasas de crecimiento en términos de CAGR alrededor del 4,5% hasta 2023.

El mercado según el hull classification symbol se distribuye entre submarinos SSN (propulsión nuclear), SSK (propulsión tradicional), y los SSBM que además de propulsión nuclear llevan misíles antibalísticos. Cuyo coste varía lógicamente de unos a otros. El Ohio de la serie SSBN se estima que puede estar por encima de los 7.000 millones de dólares. Mientras que la clase Scorpene (S80) española se acerca a los 1.000 millones. El Barracuda francés del tipo SSN llegaría a los 1.400 millones de dólares. Si bien, el Astute del Reino Unido, también del tipo SSN, costaría unos 2.500 millones de dólares. Precios que oscilan de esta manera de acuerdo con los sistemas de combate y de electrónica que incorporen.

Sin embargo, construir una máquina de este tipo requiere una capacidad tecnológica muy elevada, y sólo los países más avanzados son capaces de llevarlo a cabo. El vídeo que se muestra es el correspondiente al submarino nuclear francés Barracuda construido por la empresa francesa DCNS.

Sólo los países con mucha capacidad tecnológica son capaces de llevar a cabo un programa de este tipo. De ahí que surjan las alianzas de los más avanzados con el resto para compartir tecnologías. Un submarino es un buque complejo y el desarrollo de un programa de este tipo, además del coste, implica unas necesidades organizativas y tecnológicas al alcance de muy pocos países, tal como demuestran los variados informes de la Rand Corporation, que evitamos trasladar aquí para cumplir con las obligaciones legales que indica su lectura y distribución, según indica esta inst

itución.

En uno de sus informes, sin embargo, se hace hincapié en la necesidad de atender una serie de consideraciones para llevar a cabo este tipo de programas, como son: 1) dar estabilidad en el tiempo; 2) hacer alianzas industriales de largo plazo; 3) establecer de manera adecuada las responsabilidades de las empresas privadas y de las organizaciones públicas; 4) desarrollar una base industrial con características estratégicas en el largo plazo; 5) desarrollar una política de formación consistente para los directores de los programas; 6) involucrar a todas las instituciones necesarias y hacer transparentes los programas entre todas las organizaciones involucradas, siempre manteniendo la confidencialidad de aquellos aspectos que lo requieran.

En España, los programas de submarinos quedaron detenidos después del Programa Agosta que se inició en 1981. De estos quedan dos operativos (Galerna y Tramontana). Uno de ellos, el Tramontana, se muestra aquí.

Submarino Tramontana

La substitución de estos submarinos se hizo mediante los nuevos S-80 que para su exportación se venden bajo la terminología Scorpène en alianza de la empresa Navantia con la empresa francesa DCNS. Sin embargo, dicha alianza quedó rota cuando España decidió desarrollar el submarino en solitario con la colaboración tecnológica de Lockheed Martin, con las correspondientes reclamaciones por parte de Navantia, que siguió el desarrollo de manera independiente. La noticia está en algunos medios indicando que el nuevo submarino S-80 fabricado por Navantia tiene problemas de flotabilidad. Una circunstancia que pone en peligro su desarrollo futuro y el de los mercados que estaban comprometidos. Una inversión de más de 1.000 millones de dólares que queda en enormes dificultades. España podría quedar fuera de este mercado de alta tecnología si al final no hubiera una solución adecuada. Con el grave resultado de una pérdida operativa importante en su capacidad de hard-power y otra no menos relevante de soft-power en países de fuertes crecimientos económicos.

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Spanish Disease – Un nuevo tipo de enfermedad económica

En economía se define el Dutch Disease como el problema que se ocasiona en la economía productiva por un incremento explosivo de los ingresos provenientes de los recursos naturales. La venta masiva de recursos naturales como el petróleo o el gas tiene un efecto en la revalorización de la moneda respecto de otras naciones, de manera que los productos manufacturados incrementan su precio de una forma que los hace poco o nada competitivos. Situación sorprendente, ya que la riqueza que proviene de la venta de estos productos destruye la economía productiva. Una situación que sucedió en Holanda a finales de los años cincuenta del siglo XX cuando se descubrió una enorme bolsa de gas natural en su subsuelo. O lo mismo que sucede en Venezuela cuyos ingresos dependen en un 90% del petróleo.

Existe, sin embargo, otra enfermedad económica más perniciosa poco estudiada pero muy característica de ciertos países, que aquí denominamos como Spanish Disease; que tiene que ver con un cierto aumento de la productividad y de la competitividad a la vez que se destruye empleo masivamente y la economía productiva permanece estancada. Algo que ocasiona un enorme problema social, a la vez que, en lo económico, da muestras de cierta prosperidad que sólo unos pocos disfrutan. Un hecho que se ha mostrado con carácter muy evidente en la crisis económica actual de España. Una enfermedad que, contrariamente, al la enfermedad holandesa, tarda muchos años en curarse si de verdad lo hace alguna vez. Volver a unas tasas cercanas al 10% llevará en el caso español a más de una década. Estamos hablando más allá de 2023. Donde muchas personas que hoy tienen 25 o 30 años no conocerán nunca un trabajo estable. Un drama social y económico al que los dirigentes políticos no suelen atender como se debe. Además, dado que los tiempos políticos no casan con los económicos, el problema se deja a las generaciones futuras que estarán soportando el peso de la deuda pública acumulada en las fases más críticas de la enfermedad.

Cuando se ve el estado del desempleo a nivel mundial, se observa este fenómeno con mucha claridad. Worlwide unemployment rate

No hacen falta  muchos análisis para ver que España comparte en lo que a desempleo se refiere lo más dramático de los países menos desarrollados de África y sólo Grecia le acompaña en Europa con similares niveles de desempleo. Y cuando se compara la situación con las economías desarrolladas se ve con claridad que este problema afectará a España en el futuro sacándola seguramente de este grupo de países, ya que no podrá mantener sus esquemas económicos estructurales por mucho tiempo. En especial el actual esquema de Estado de bienestar. Este cuadro muestra con claridad las diferencias. Unemployment rates top economiesp-content/uploads/2013/04/Unemployment-rates-top-economies.png” width=”1518″ height=”773″ />

¿Y cuales son las características de la Spanish Disease? Veamos:

1.- Débil o nulo crecimiento del PIB en base a la exportación con caída abrupta de la demanda interna. Lo que lleva a un aumento insostenible de la deuda pública que se estima que superará con mucho el 100% del PIB. Claramente se ve en estos gráficos (Ernst&Young Eurozone Forecast).Proyecciones 2016 PIB y deuda España

2.- Déficit estructural de las cuentas públicas, lo que obliga a un aumento constante del la deuda pública que se traduce siempre en aumentos de impuestos a los ciudadanos. Situación que perjudica a las clases medias y abre la brecha entre pobre y ricos. Es decir los más ricos siguen acumulando riqueza en contra de los más desfavorecidos. Este cuadro del análisis de Ernst & Young lo deja patente.España proyecciones económicas hasta 2017

3.- Débil recaudación por vía impositiva en un círculo vicioso que aumenta la economía sumergida e impulsa la subida de impuestos (directos e indirectos), lo que se traduce en la caída explosiva del consumo. Y vuelta a empezar.

4.- Contracción del crédito bancario a las pymes con aumento de las tasas de interés, lo que lleva a más destrucción de empresas pequeñas y aumento del desempleo, a lo que se une al crecimiento del carry trade (los bancos se financian al 1% y lo invierten en deuda pública a tipos por encima del 4%), lo que reduce la circulación monetaria y por tanto el PIB, lo que obliga a endeudarse más.

5.- Parálisis política y consolidación de los privilegios de la clase política. El escenario del Spanish Disease conduce a que son los ciudadanos los que soportan las cargas de la crisis económicas, la clase media va desapareciendo, se abre la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen,  y la parálisis política contribuye al mantenimiento de sus privilegios, abriéndose las oportunidades para los elementos políticos antisistema que destruyen aún más la situación.

¿Qué hacer para evitar la enfermedad? ¿Cual es la terapia? ¿Existe algún medicamento contra esta plaga económica? Basta hacer lo contrario: estimular la inversión, facilitar el desarrollo de las pymes, abrir la democracia y cortar los privilegios políticos con una justicia independiente.

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Codicia financiera: cómo los abusos financieros han destrozado la economía real

Dentro de unas dos semanas saldrá a la venta el nuevo libro escrito por Eduardo Olier  donde se desentrañan los porqués de la crisis económica actual y se explican desde el punto de vista económico donde están los abusos financieros que habría que corregir. Ampliaremos la reseña en el momento en que el libro esté en el circuito comercial. Esta es la portada.

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