España, ¿un país sin influencia?

Bajo el título: España ¿un país sin influencia? he publicado el siguiente artículo en El Economista de hoy.

¿Es España un país sin influencia? Hay que reforzar la inteligencia económica

A primeros de este año, la actual Delegada de Inteligencia Económica del Gobierno francés, Claude Revel, presentaba un informe referente a la necesidad que tenía Francia de poner en marcha un programa de influencia de acuerdo con los intereses del país. El año anterior, Revel había publicado un libro bajo un sugerente título: Francia, ¿un país bajo influencias? Francia, sin embargo, es un potente país con enorme capacidad en inteligencia económica. Algo que le permite imponer sus estrategias económicas en muchos mercados.

Y, al igual que Francia, Inglaterra, Japón, Alemania, Suecia, Estados Unidos e, incluso, Corea, trabajan de manera consistente, exhaustiva y organizada en este campo. Ya que son perfectamente conscientes de que el entorno internacional es de compleja naturaleza. No se trata únicamente de dominar comercial o financieramente los mercados, se trata de dominar a partir de otros aspectos inmateriales. Todo ello, en un entorno, donde hay que anticipar cambios imprevistos, para estar en disposición de actuar sin someterse a las imposiciones de otros. Un esquema organizativo a nivel de país, en 360 grados, coherente, metódico y con medios eficaces.

Soft power: atraer y neutralizar

Es lo que se entiende como soft power. Un concepto acuñado hace más de veinte años por Joseph Nye, que se refiere a la capacidad de atraer y de neutralizar, más que coaccionar con el uso de la fuerza. Algo que va más allá del lobby tradicional, que no son sino acciones puntuales, de muy corto plazo, puestas en práctica, normalmente, por gente sin escrúpulos. Se trata, por el contrario, de influir de una manera determinante; lo que tiene que ver con el uso de la diplomacia, combinada con acciones de influencia sociocultural, con la puesta en marcha de redes de influencia de carácter permanente, de alianzas estratégicas, de políticas de comunicación, de contrainteligencia, y del uso masivo de las redes sociales.

Los ejemplos del uso de estas técnicas son numerosos. Y vienen poniéndose en práctica desde hace muchos años por los países más desarrollados. Baste un ejemplo antiguo para evitar acudir a otros más actuales. En 1995, bajo la presión de Francia, la Unión Europea decidió excluir el sector cultural de las negociaciones del GATT. Con esto, la liberalización de las telecomunicaciones, que debía producirse en Europa en 1998, trataba de endurecer la Directiva de Televisión sin Fronteras. El objetivo: difundir mayoritariamente programas europeos en Europa. Una decisión que dejaba fuera, en la práctica, a lasmajors americanas que, de haberse llevado a cabo, habrían visto perder más del 50% de las inversiones que disponían en aquel momento en Europa.

Aparte, obviamente, de la pérdida de influencia de Estados Unidos en Europa al dejar elamerican way of life fuera de las pantallas. Un elemento esencial del soft poweramericano. El despliegue de influencia y la estrategia de Estados Unidos no se concentró en un lobby al uso. Se puso en marcha un plan de influencia que incluyó acciones concretas en Bruselas, implicando a la potente Cámara de Comercio americana, a importantes multinacionales americanas y a ciertos think tanks. Y, adicionalmente, se usó una potente red de troyanos informadores que orientaban públicamente a las sociedades europeas en contra de aquella política de protección que, al final, no salió adelante.

España, un país sin influencia: Madrid 2020

El último suceso de la pobre capacidad de influencia de España ha sido Madrid 2020. Todo se ha hecho bien, al decir de los gestores del programa. Todo estaba cerrado. Según ellos, los lobbies habían funcionado y había promesas ciertas de éxito. Sin embargo, sorprendentemente, nadie había reparado en la potencia de Japón. En su soft power. Y, desgraciadamente, los japoneses, sin decir una palabra en inglés, sin aludir al “café con leche” en la Plaza Mayor de Tokio, se sabían ya ganadores en Buenos Aires.

Japón es la tercera economía del planeta y también el tercer consumidor de petróleo. Siendo sus suministradores principales: Arabia Saudita, los Emiratos, Qatar, Irán y Rusia. Las multinacionales japonesas son empresas potentes y globales; desde Sony, pasando por Toyota, e incluso otras menos conocidas como la Japan Post Holdings, que ocupa la décimo tercera posición en la lista Forbes 500.

Pero esto no es todo. No se trata de la laboriosidad japonesa o de su potencial industrial y financiero. Se trata de su potente sistema de inteligencia económica. Un entramado institucional, operativo desde 1962, que se ha ido perfeccionando con los años. Algo que va más allá de la búsqueda y recolección de información esencial para defender sus intereses en el mundo global. Es el análisis de la información según una metodología perfectamente estructurada, con una compleja organización, que les permite conocer lo que sucede y lo que hay que hacer. Y, a partir de este conocimiento, establecer un programa de influencia para conseguir lo que consideran esencial en su política económica.

Es urgente que España vaya más allá de promocionar su marca y se ponga en serio a implementar, con suficientes medios, un potente sistema de inteligencia económica; y que comprenda que, para competir en el mundo global, no son suficientes ni el lobby ocasional ni los supuestos amigos. De otra manera, nuestra capacidad de influencia en el contexto global acabará desapareciendo por completo. España ¿un país sin influencia?

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