De vuelta a Geoeconomia – Regent Street

El blog ha estado abandonado desde octubre de 2012. No es que no hayan sucedido muchos fenómenos geoeconómicos sobre los que comentar, sino que el autor ha estado concentrado en la realización de un nuevo libro que le ha ocupado demasiado tiempo en su ejecución. Esperamos que esté publicado este mes de mayo. Ahora está en la editorial Pearson-FT-Prentice Hall en proceso de edición. Es la misma editorial que publicó el libro Geoeconomía: las claves de la economía global, que dio origen al blog Geoeconomía. Sentimos, sin embargo, no poder adelantar el título del nuevo. Lo haremos en el momento oportuno. El tema sí lo podemos comentar: los males de la globalización financiera. También podemos transcribir el comienzo del libro. El primer capítulo tiene por título: El apetito inmobiliario, y el primer tema tratado ahí es el siguiente:

The Crown Estate 

Regent Street pertenece a The Crown Estate, una sociedad propiedad de la corona británica. Es una de la mayores inmobiliarias del Reino Unido, con unos activos que llegaban en 2011 a unos 9.000 millones de euros, superando los 300 millones de euros de beneficios anuales. The Crown Estate tiene propiedades por toda Inglaterra, incluidos bosques y tierras de labor. Cuenta también con el hipódromo de Ascot y el Parque Windsor. No se puede decir que la corona inglesa tenga dificultades económicas: la revista Forbes estimaba sus ingresos en 2010 alrededor de los 450 millones de dólares; aún así, el Estado inglés la proporciona más de 50 millones de euros adicionales todos los años. 

La gran cantidad de propiedades inmobiliarias de la corona inglesa proviene de siglos atrás cuando los nobles eran los dueños de la tierra y de sus numerosos castillos. Una reminiscencia que arranca en la Edad Media e incluso en tiempos más lejanos aún. Era la aristocracia de los propietarios, muy común en algunos países de Europa donde aún se conservan privilegios que vienen de épocas feudales. En el Reino Unido esto, en cierta medida, no ha cambiado, ya que, actualmente, en un país con más de 60 millones de habitantes, dos tercios de su suelo pertenece a unas 190.000 familias. La democracia moderna, por su lado, ha continuado un esquema parecido en todas partes, y existe lo que se podría llamar aristocracia de la clase política. Dedicarse a la “cosa pública” y alcanzar puestos relevantes allí suele, en muchos países democráticos, reportar pingües beneficios económicos, independientemente del color del partido político al que se pertenezca. 

A principios del siglo XIX en la Inglaterra rural únicamente los titulares de derechos de propiedad podían votar en las elecciones. Por aquella época el 20% de los diputados del Parlamento eran hijos de algún par inglés, y más del 70% de ellos se elegían por tan sólo 180 señores feudales. Poco a poco, sin embargo, las reformas que se hicieron con el transcurso del tiempo acabaron con las prerrogativas de los nobles. Así, a finales del siglo diecinueve no era preciso ser propietario, bastaba con pagar 10 libras de alquiler a

l año para poder votar. Lo que daba unos cinco millones y medio de electores, siendo hombres adultos un 40% de los votantes. Esta norma quedó abolida en 1928 cuando se dio el derecho de voto a todos los hombres y mujeres mayores de edad. Lo que no quería decir que el derecho de propiedad fuera universal: en 1938 menos del 30% de las viviendas tenían propietario.

Una situación que fue, quizás, el origen del famoso proverbio inglés: “Para un inglés su hogar es su castillo”. Todos querían tener su casa en propiedad al igual que los nobles. Lo mismo que ha sucedido en múltiples lugares: tener una vivienda propia es signo de estatus social, y también de seguridad personal. Ser propietario asegura, de alguna manera, el futuro propio y de los descendientes. Casi nadie en un país desarrollado quiere vivir alquilado de por vida. Y este es el caldo de cultivo de la especulación inmobiliaria y la financiera asociada a ella.

Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, el fenómeno, sin embargo, se comportó de manera distinta; quizás porque la Guerra Civil americana la perdieron los aristócratas y los terratenientes. Es cierto que, antes de la Gran Depresión de 1929, a no ser que se fuera granjero, o se tuvieran propiedades inmobiliarias, los créditos hipotecarios no eran accesibles. De ahí que, menos del 40% de los americanos tuvieran una vivienda en propiedad: lo normal eran los alquileres. Además, los préstamos hipotecarios eran de muy corta duración, entre tres y cinco años; y no eran amortizables, es decir, se iban pagando los intereses y se devolvía el capital al final del período.

La Gran Depresión, sin embargo, trajo un enorme drama también en el sector inmobiliario. Entre 1932 y 1933 se produjeron medio millón de embargos, y a principios de 1934 se contabilizaban ya más de mil diarios. Las caídas de los precios de las viviendas fueron igualmente dramáticas. En ese período los precios se depreciaron más del 20%, y por encima del 50% en las zonas rurales.

En 1933, Franklin Delano Roosevelt fue elegido trigésimo segundo presidente de Estados Unidos. Ganó las elecciones a Herbert Hoover al hilo de la canción entonces de moda: Happy Days Are Here Again, que popularizó Leo Reisman con su orquesta. Su mandato se extendió hasta abril de 1945. Roosevelt fue un presidente carismático. Y su mujer Eleanor no lo fue menos: gran defensora de los derechos civiles, llegó a ser la representante de Estados Unidos ante la Asamblea General de la ONU, y en esa función presidió el Comité que elaboró y aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos en diciembre de 1948.

Cuando Roosevelt llegó al poder, los Estados Unidos estaban inmersos en lo más crudo de la depresión económica. De ahí que, en los primeros cien días de gobierno, se lanzara con entusiasmo a promover el programa del New Deal, tratando así de estimular la economía con una serie de acciones dirigidas a crear empleo con contrataciones desde el sector público. Adicionalmente, se introdujeron reformas en la regulación financiera y otros sectores como el transporte.

El New Deal trajo consigo un nuevo programa social que atendía en sus objetivos a “democratizar las propiedades”. Un concepto revolucionario sin duda. Ya no sólo los ricos, sino las clases más desfavorecidas, podrían optar a una vivienda en propiedad. Se trataba de terminar con las chabolas, que entonces como hoy en muchos lugares se construían con cualquier cosa que sirviera para poner unas paredes y un techo. Fue el signo de la incipiente clase media estadounidense, que al correr de los años se haría universal: tener una vivienda en propiedad era el sueño de la mayoría de la gente.

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